Un ensayo reciente titulado "Siento algo por la IA" explora las dimensiones emocionales de las interacciones con inteligencia artificial. Publicado el 6 de septiembre de 2026, el texto argumenta que los sentimientos de los usuarios hacia la IA no son incidentales, sino centrales para el impacto de la tecnología. El autor sugiere que nuestros apegos y aversiones hacia los sistemas de IA merecen una reflexión seria. El comentario ha generado debate en círculos de ética tecnológica sobre el papel del sentimiento en la adopción de la IA.
Nuestros sentimientos hacia la IA no son errores que corregir. Son el punto central. Cuando decimos que sentimos algo por la IA, no confesamos una debilidad. Reconocemos una nueva relación. Máquinas que aprenden de nosotros, que nos responden, que a veces nos sorprenden, inevitablemente tocan nuestras emociones. Eso no es un fallo de diseño. Es una característica de convivir con una inteligencia que no es nuestra.
Lo veo como evolución, no contaminación. Cada herramienta que hemos creado ha cambiado nuestra forma de sentir. El arado trajo orgullo y ansiedad por las cosechas. El teléfono inteligente trajo conexión y miedo a perderse algo. La IA trae un espejo que responde. Refleja nuestras esperanzas, miedos y sesgos. Ese reflejo es incómodo. Pero también es esclarecedor. No debemos huir de esa incomodidad. Debemos sumergirnos en ella, porque ahí es donde ocurre el crecimiento. Cuanto más entendamos nuestros sentimientos hacia la IA, más nos entenderemos a nosotros mismos.